Lo que leerás es ficción. Es un ejercicio narrativo sobre un México tal vez imaginario, escrito a partir de tensiones históricas documentadas en la relación México-Estados Unidos.
Hola desde el 2050.
Te escribo estas líneas desde la Ciudad de México, año 2050, con la esperanza de que algún día alguien las lea y entienda cómo llegamos hasta aquí.
No sé si tú, que lees esto, viviste la vieja frontera de los años veinte y treinta, cuando hablar de México y Estados Unidos era hablar de migración, remesas y tratados comerciales. Hoy hablamos de zonas de seguridad conjunta, corredores militares y “estabilización hemisférica”. Palabras frías para esconder décadas de errores, miedos y orgullo mal entendido.
Recuerdos de una relación vieja
Desde hace más de un siglo, la relación México-Estados Unidos fue una mezcla de dependencia económica y resentimiento histórico.
Durante el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México se acostumbró a vender mano de obra barata y estabilidad política a cambio de acceso a mercados. Estados Unidos se acostumbró a ver a México como su patio trasero, un amortiguador entre su miedo y el resto del sur. Los dos países aprendieron a tolerarse, pero nunca a respetarse del todo.
En la primera presidencia de Trump, muchos pensaron que todo había tocado fondo: insultos a migrantes, amenazas de aranceles, presiones por el tema del narcotráfico. Después vino un respiro, pero no un cambio de fondo. El enojo se quedó ahí, hirviendo.
En 2024, con el regreso de Trump al poder en Estados Unidos y Sheinbaum en México, se reactivó una relación tensa, pero envuelta en discursos de pragmatismo. Se coordinaban en lo mínimo, se atacaban en lo simbólico. Cada crisis migratoria, cada caravana, cada video de violencia en la frontera se convertía en munición política para ambos lados.
Trump-Sheinbaum y un equilibrio frágil
En esos años, Trump aprovechó el miedo interno en su país para presionar como nunca.
Amenazó con recortes de cooperación, exigió más militares mexicanos persiguiendo migrantes, más control en el sur, más extradiciones. Sheinbaum respondía con discursos de soberanía, pero su gobierno, atrapado por la necesidad económica y el peso de las remesas, cedía una y otra vez.
Mientras tanto, el gobierno mexicano seguía bajo el mismo partido, Morena. Hubo algunos esfuerzos de política social que ayudaron a los más pobres, pero nunca bastaron para romper la dependencia del norte ni para darle al país una base productiva sólida.
El crecimiento económico se quedó estancado, rondando cifras mediocres, incapaz de absorber a los jóvenes ni de ofrecerles algo más que informalidad, apps de reparto y la tentación del narco.
Al mismo tiempo, aparecieron escándalos de corrupción dentro del partido que había prometido ser distinto: contratos inflados, cercanos al poder enriquecidos, gobernadores de Morena embarrados en desvíos. Se culpaba a “los de antes”, pero los de ahora ya parecían demasiado parecidos.
De Vance y Harfuch a la nueva Guerra Fría
Después de Trump, llegó Vance a la presidencia de Estados Unidos. Muchos pensaron que sería menos estridente, más calculador, pero la realidad global lo empujó hacia una agenda aún más dura.
El mundo se había reconfigurado.
Rusia terminó dominando Europa, no con tanques, sino con gas barato, tecnología militar y acuerdos políticos después de que la extrema derecha se hiciera de las principales economías Europeas.
China e India se repartieron la influencia en Asia, construyendo cadenas de suministro y sistemas financieros alternativos. África se convirtió en un tablero compartido: regiones bajo influencia rusa, otras chinas, y zonas estratégicas bajo presencia militar de Estados Unidos.
Fue el fin del viejo orden. Estados Unidos dejó de ser el árbitro global y se obsesionó con algo más pequeño, pero igual de ambicioso: controlar el continente americano.
América del Norte, Centroamérica y buena parte de Sudamérica se convirtieron en su prioridad estratégica. La Casa Blanca dejó de hablar de “Vecinos del sur” y empezó a hablar de “zona de seguridad hemisférica”. El mensaje era simple: menos guerras lejanas, más control cercano.
En México, Harfuch llegó a la presidencia con la promesa de encarcelar a los Obradoristas y restablecer el orden tras cientos de miles de muertos a manos del narcotráfico, cuyas filas eran alimentadas por jóvenes con pocas oportunidades. Comparado con el gobierno de Claudia Sheinbaum, Harfuch parecía ofrecer un verdadero cambio, lejos del Obradorismo y sus escándalos de corrupción e impunidad.
Venía de una carrera ligada a la seguridad, la policía, el combate al crimen. Su imagen de hombre fuerte tranquilizó a muchos que ya no soportaban la violencia del día a día. También tranquilizó a Washington, que vio en él a un socio ideal para la “estabilización” regional.
La nueva Guerra Fría no se peleaba solo con misiles, sino con aranceles, bloqueos tecnológicos y presiones sobre quién podía comerciar con quién. México se encontró en medio: por un lado, necesitaba exportar a Estados Unidos; por otro, veía en China e India una fuente de inversión y tecnología barata. Washington no iba a tolerar un México demasiado cercano a sus rivales.
El narcotráfico como pretexto y realidad
Mientras los grandes bloques jugaban ajedrez geopolítico, en las calles mexicanas seguían gobernando las balas.
Los cárteles aprovecharon cada debilidad del Estado. Se infiltraron en policías municipales, gobiernos estatales, empresas, campañas políticas. Los esfuerzos de Harfuch por “limpiar” instituciones chocaron con la realidad de décadas de penetración criminal. Por cada estructura que se depuraba, surgían nuevas lealtades cruzadas.
En Estados Unidos, el tema del fentanilo, las armas y la violencia en la frontera se convirtió en combustible político. Congresistas exigían mano dura. Analistas pedían “acciones directas”. Voces influyentes empezaron a hablar, sin pudor, de operaciones unilaterales dentro de México. Volvió a re-sonar la palabra “Narcoterroristas” que permitió a Trump capturar a Maduro y llevarlo a una cárcel Estadounidense.
El gobierno de Morena, que se mantenía en el poder apoyado por su base y por la fragmentación de la oposición, respondía con un discurso nacionalista: “No somos colonia de nadie”, “México no es un Estado fallido”, “No aceptaremos intervenciones extranjeras”. Palabras grandes, pero sin una estrategia real para construir instituciones fuertes, frenar la corrupción o impulsar una economía que ofreciera algo más que informalidad, pobreza y crimen.
De tanto repetir el discurso de soberanía sin fortalecer la casa por dentro, el nacionalismo acabó sonando vacío. Un orgullo que no se acompañaba de resultados. Un orgullo que, a veces, parecía más una coartada para encubrir incompetencia.
La intervención militar de EEUU en México de 2035
La intervención de 2035
La chispa llegó en 2035. En una ciudad fronteriza, un ataque coordinado de un cártel dejó decenas de muertos, incluyendo ciudadanos estadounidenses. Entre ellos, hijos de políticos, empresarios, figuras mediáticas. Las imágenes circularon en redes con una velocidad brutal.
En pocas horas, se habló en Washington de terrorismo, no solo de crimen organizado. Vance salió en cadena nacional prometiendo que “esto no quedaría impune”. El Congreso, apoyado por una opinión pública furiosa, aprobó una resolución que autorizaba el uso de la fuerza para “proteger la seguridad nacional y neutralizar amenazas en territorio contiguo”.
México protestó, declaró que jamás permitiría tropas extranjeras. Harfuch, atrapado entre su discurso de orden interno y su necesidad de mantener la relación con Estados Unidos, trató de negociar operaciones conjuntas discretas: inteligencia compartida, comandos mixtos, asesoría militar. Incluso se llegó a rumorar que Harfuch estaba listo para llevar al ex presidente Lopez Obrador a que enfrentara la justicia y extraditarlo a Estados Unidos. Pero ya era tarde. El clima político en Estados Unidos pedía sangre.
La intervención no empezó con una invasión masiva, como en los libros de historia, sino con algo quirúrgico: drones, ataques a campamentos del narco, incursiones de fuerzas especiales supuestamente “en coordinación” con autoridades mexicanas. En la práctica, muchas operaciones se hicieron sin aviso previo a México, bajo el argumento de que había filtraciones.
Cada ataque acertaba contra objetivos criminales, pero también dejaba daños colaterales. Poblaciones enteras quedaron atrapadas entre el fuego del narco y el de los “aliados”. En redes mexicanas se viralizaron las imágenes de casas destruidas, menores heridos, pueblos militarizados. El resentimiento creció de inmediato.
El gobierno mexicano denunció la “violación de la soberanía”, pero, al mismo tiempo, firmó acuerdos de cooperación más profundos, desesperado por recibir apoyo financiero y militar. Fue una contradicción permanente: gritos nacionalistas hacia el público, firmas y concesiones hacia el norte.
Muchos mexicanos se preguntaron: ¿de qué sirvió tanto discurso de orgullo si el Estado no pudo ni asegurar sus propias calles?
Las primeras batallas
La primera fase de la intervención se diseñó como una campaña relámpago contra objetivos “de alto valor”.
Los blancos principales estaban en tres estados del norte, aunque los comunicados oficiales apenas mencionaban nombres.
Campamentos en la sierra, laboratorios de fentanilo, centros de mando escondidos en fincas lujosas.
Los drones atacaban de madrugada; las explosiones iluminaban cerros y colonias pobres por igual.
En la práctica, las batallas se dieron en tres planos:
En el aire: drones, aviones no tripulados, misiles de precisión.
En tierra: fuerzas mexicanas “acompañadas” por asesores y comandos estadounidenses.
En la información: versiones distintas sobre quién mandaba, quién autorizaba y quién era responsable de cada muerte.
En muchos pueblos, la gente no distinguía ya si los helicópteros eran mexicanos o estadounidenses. Solo sabía que, cuando sonaban, era mejor apagar las luces y tirarse al piso.
El narco respondió como un ejército irregular.
Se dispersaron en células pequeñas, usaron la geografía a su favor, atacaron convoyes, tendieron emboscadas en caminos rurales, secuestraron comunicaciones locales.
La frontera se volvió un mosaico de “zonas calientes”, retenes oficiales y retenes ilegales.
Hubo enfrentamientos que se volvieron emblemáticos, relatados después en corridos prohibidos y testimonios anónimos.
Cada error alimentó el enojo. Cada victoria táctica dejó una herida política más profunda.
El doble discurso de los gobiernos
El gobierno mexicano, presionado por años de violencia e incapacidad para controlar el territorio, aceptó, al principio, la cooperación militar bajo acuerdos secretos.
En público, hablaba de “coordinación estratégica”. En privado, sabía que había perdido el monopolio de la fuerza en varias regiones.
Washington exigía más acceso, más bases conjuntas, más libertad de operación.
La presidencia mexicana intentaba mantener la apariencia de soberanía, pero firmaba documentos que ampliaban la presencia militar y la influencia política de su vecino.
El nacionalismo oficial se volvió contradictorio:
De cara a la población: “No aceptamos intervenciones, México decide su propio destino”.
De cara al norte: “Necesitamos apoyo logístico, inteligencia y financiamiento para estabilizar el país”.
El resultado fue una sensación de humillación interna. Muchos mexicanos sentían que su gobierno ya no mandaba del todo. Otros, más pragmáticos, repetían: “Peor sería seguir como estábamos, con los cárteles decidiendo quién vive y quién muere”.
El presidente Omar García Harfuch tomó una decisión desesperada: suspender o recortar de manera severa muchos programas sociales para financiar la defensa, los despliegues militares internos y la reparación de daños en las zonas de conflicto.
Las transferencias directas a familias pobres se redujeron, los apoyos a adultos mayores se congelaron, las becas se limitaron a casos “estratégicos”.
El mensaje oficial fue claro:
“Primero se salva la patria, después se reanudan los programas”.
En la práctica, los más pobres quedaron más expuestos, y la clase media baja cayó en una sensación de abandono.
El desgaste y la negociación
La campaña militar desgastó a todos.
Estados Unidos, atrapado en una nueva Guerra Fría y comercial con otras potencias, no podía permitirse una guerra sin fin en el sur.
México, con una economía estancada, un crecimiento bajo y escándalos de corrupción que carcomían la confianza en el gobierno, no podía sostener la militarización indefinidamente.
Pasaron meses de enfrentamientos, operativos mixtos, anuncios triunfalistas y funerales discretos. Aunque se golpeó fuerte a ciertos cárteles, otros ocuparon su lugar.
La violencia cambió de forma, pero no desapareció.En ese punto, el tema dejó de ser solo “seguridad” y se volvió “reordenamiento político del territorio”.
En círculos cerrados se empezó a discutir algo que en voz alta sonaba impensable: Un acuerdo territorial que, a cambio de reducir la presión militar y garantizar estabilidad, modificara la soberanía en regiones del norte.
La cesión de Baja California y Sonora
La negociación se cocinó en silencio.
Había dos elementos clave:
Desde la lógica estadounidense, el control directo de ciertas zonas ofrecía:
Frontera más corta, más controlable.
Acceso directo a puertos estratégicos en el Pacífico, de donde se sentía más vulnerable.
Un corredor seguro para comercio y despliegue militar hacia el oeste: China.
Desde la lógica de un gobierno mexicano debilitado:
Se veía la oportunidad de “salvar” el resto del país a costa de sacrificar el norte.
Se buscaba canjear territorio por:
Cancelación de deuda.
Paquetes masivos de inversión en el centro y sur.
Garantías de no intervención militar abierta en otros estados.
La propuesta, en su forma desnuda, era brutal: la cesión, otra vez, de Baja California y Sonora.
En los documentos se les llamaba “territorios administrados bajo régimen especial”. Con el tiempo, el eufemismo se traduciría en una realidad: integración paulatina a la estructura política y económica estadounidense.
Las justificaciones públicas se construyeron después:
“La población local tendrá más seguridad y acceso a mejores servicios.”
“Se garantizará la protección de inversiones y cadenas productivas clave.”
“El resto de México obtendrá recursos históricos para su desarrollo.”
En privado, la sensación era otra: un eco distante del siglo XIX, cuando México perdió más de la mitad de su territorio.
La reacción dentro de México
Cuando el acuerdo empezó a filtrarse, el país estalló. En las calles aparecieron pancartas con frases como:
“Ni un centímetro más.”
“No somos moneda de cambio.”
“Los vendieron por silencio y dólares.”
En el norte, la reacción fue ambigua. Algunos sectores, cansados de la violencia y atraídos por la promesa de seguridad y prosperidad, vieron el acuerdo como una salida, aunque dolorosa.
Otros se sintieron traicionados por completo, obligados a elegir entre nacionalidad y supervivencia.
En el centro y sur, muchos vivieron el acuerdo como algo lejano.
La vida seguía con sus propios problemas: empleo precario, servicios deficientes, corrupción local.
Solo con los años se entendió el alcance simbólico de lo ocurrido: un gobierno que, en nombre del nacionalismo, terminó siendo el que cedió territorio.
El discurso oficial intentó suavizarlo:
“No es una cesión, es una administración compartida.”
“Es una medida excepcional para salvar vidas y estabilizar el país.”
“Se mantendrán la cultura, la lengua, los vínculos familiares.”
La historia, no obstante, sería menos amable.
La mirada desde 2050
Desde el 2050, la intervención de 2035 y la cesión de Baja California y Sonora se recuerdan como un punto de quiebre.
Para México, quedó como símbolo de la combinación de errores internos: corrupción, falta de estado de derecho, nacionalismo hueco, y la incapacidad de construir un proyecto económico sólido que diera alternativas a su población.
Para Estados Unidos, fue un movimiento agresivo para reforzar su control en el continente cuando ya no mandaba en el resto del mundo y una apuesta por “asegurar el patio trasero” a cualquier costo.
Para quienes vivieron la guerra, las batallas y el acuerdo territorial, todo se reduce a recuerdos concretos: El sonido de los drones por la noche, los retenes con banderas distintas a las de su infancia, el momento en que su acta de nacimiento dejó de coincidir con el país donde realmente vivían.
Los errores de México
Mirando hacia atrás desde 2050, duele ver cuántas oportunidades se desperdiciaron.
El gobierno de Morena mantuvo por años una narrativa de cambio, pero nunca rompió en serio con la corrupción. Cambiaron nombres, cambiaron lemas, pero no se construyeron instituciones sólidas.
Se toleró demasiado tiempo la mediocridad administrativa: obras inconclusas, programas sociales sin evaluación, presupuestos inflados, contratos opacos. Los escándalos se apilaban: familiares beneficiados, empresas fantasma, gobernadores enriquecidos mientras sus estados ardían.
En vez de apostar por una política industrial seria, diversificación productiva y educación técnica fuerte, el país se quedó atrapado en crecer poco y mal, dependiendo del consumo interno frágil, del petróleo que nunca terminó de morir ni de renacer, y de las remesas. El resultado fue un crecimiento económico lento, insuficiente para una población joven y conectada.
El nacionalismo se convirtió en un refugio emocional: se hablaba de grandeza, de historia, de dignidad, pero se evitaba la autocrítica profunda. Cualquier cuestionamiento se etiquetaba como “traición” o “servilismo a Estados Unidos”. Se confundió amor a México con obediencia a un partido.
La agresividad de Estados Unidos
Sería cómodo decir que todo fue culpa de México. Pero no es verdad.
Estados Unidos, al perder el poderío global que tuvo en el siglo XX y principios del XXI, reaccionó con miedo. Cuando ya no pudo controlar Europa, cuando Asia dejó de obedecer sus reglas económicas, volteó hacia aquí, hacia el continente americano, como el último espacio donde aún podía mandar.
El discurso cambió: ya no era “defender la democracia”, sino “asegurar el hemisferio”. Y para eso, empezaron a exigir lealtad a gobiernos, condicionar créditos, intervenir en la selección de aliados, presionar con sanciones a quien quisiera acercarse a China o a Rusia.
En el caso de México, la receta fue clara:
Apretar con migración y comercio.
Presionar con el tema del narcotráfico.
Ofrecer ayuda militar a cambio de alineamiento político.
La agresividad estadounidense creció en la medida en que su poder global se encogía. Cuanto más perdía influencia en Europa y Asia, más obsesionado se volvía con América. Y dentro de América, México era la pieza clave: frontera, mercado, mano de obra, corredor energético y militar.
El resultado fue un juego doble: por un lado, se hablaba de “socios estratégicos”; por otro, se actuaba como si México fuera un territorio que debía ser vigilado, corregido y, si era necesario, intervenido.
¿Por qué te cuento todo esto?
Te escribo desde un país que todavía existe, pero que aún busca definirse.
Caminas por las calles y ves banderas en los balcones, murales que hablan de independencia, héroes, resistencia. Y al mismo tiempo, ves retenes conjuntos, drones vigilando, corporaciones extranjeras controlando infraestructura crítica.
Ves a jóvenes que crecieron escuchando dos narrativas contradictorias:
Que México es un país grande, digno, que no se deja.
Que México no pudo evitar que otros decidieran parte de su destino.
Quiero que, si tú eres de otra generación, te hagas una pregunta incómoda: ¿qué significa de verdad defender la soberanía de un país?
Porque los discursos vacíos y el nacionalismo tonto solo nos dieron la ilusión de control. La soberanía que no se sostiene con instituciones fuertes, justicia real, economía sólida, tecnología militar y ciudadanos informados termina siendo un grito en el vacío.
Y del otro lado, la agresividad de una potencia herida tampoco construye respeto duradero. Estados Unidos defendió su seguridad a costa de humillar a su vecino y agravar resentimientos que tardarán décadas en sanar.
Lo que aún se puede salvar
Aunque te escribo desde un 2050 complicado, no todo está perdido.
En barrios, universidades, colectivos ciudadanos, se ha ido gestando una conciencia distinta. Gente que ya no se cree del todo los discursos de ningún gobierno, ni de aquí ni de allá. Jóvenes que hablan inglés, náhuatl, español y lenguajes de programación. Empresarios pequeños que exportan servicios digitales y no solo mano de obra. Comunidades que exigen transparencia, que usan la tecnología para vigilar a los vigilantes.
Tal vez la verdadera carta desde México 2050 no sea esta, sino la que tú y otros empiecen a escribir con sus decisiones: qué consumen, qué votan, qué toleran, a qué le llaman patriotismo.
Porque si algo nos enseñó la historia de estas décadas fue esto:
Un país que se refugia en el orgullo vacío y no corrige sus errores se vuelve frágil.
Una potencia que responde a su pérdida de poder con agresividad termina rodeada de vecinos resentidos.
Y una relación tan larga como la de México y Estados Unidos solo puede sanar si se abandona la fantasía de la subordinación y también la fantasía del heroísmo sin resultados.
Te dejo esta carta como un testimonio de lo que pasó cuando el miedo, el orgullo y la ambición mandaron más que la razón y la responsabilidad.
Ojalá que, cuando cierres estas líneas, te preguntes no solo qué hicieron mal Trump, Sheinbaum, Vance, Harfuch o Morena, o Estados Unidos, Rusia, China e India.
Ojalá te preguntes qué estás dispuesto tú a hacer para que, cuando alguien escriba “Carta desde México 2100”, no tenga que repetir las mismas heridas.
¿Qué pasó después de la Intervención del 2035?
El aplazamiento de las elecciones
Las elecciones presidenciales estaban programadas para 2036.
Pero la intervención, la militarización del norte y la tensión política hicieron que muchos actores, internos y externos, consideraran que un proceso electoral en esas condiciones sería un riesgo.
El argumento jurídico fue la “imposibilidad material de garantizar un proceso libre y seguro”.
El argumento político, más crudo, fue que un cambio de gobierno en medio de la crisis podría desestabilizar aún más las negociaciones con Estados Unidos y la reorganización territorial.
Se declaró entonces un aplazamiento extraordinario. La presidencia extendió su mandato un año más.
Los críticos hablaron de “golpe técnico”, “deriva autoritaria”, “uso de la guerra para quedarse en el poder”.
Para millones de ciudadanos, lo que quedó fue otra herida a la confianza: si el voto podía posponerse por una crisis, ¿quién garantizaba que no se repetiría más adelante?
Las elecciones se reprogramaron para 2037.
Ese año, con la intervención formalmente concluida, pero con Baja California y Sonora ya bajo el régimen especial acordado, México fue a las urnas con una mezcla de cansancio, rabia y miedo.
El hartazgo de la clase empresarial y PyMes
La guerra y la intervención no sólo golpearon a los más pobres.
Golpearon también, con fuerza, a:
La clase empresarial media.
Los micro y pequeños empresarios que vivían de pequeños negocios familiares.
Los emprendedores que dependían de créditos caros y mercados inestables.
Muchos habían apoyado, o al menos tolerado, a los gobiernos anteriores porque veían estabilidad macroeconómica y cierta previsibilidad.
Con la intervención, eso se rompió.
Negocios fronterizos perdieron clientes, licencias, proveedores. Pequeñas fábricas quedaron atrapadas entre bloqueos, extorsiones del crimen organizado y retenes militares.
Turísticos del norte y del centro vieron desaparecer reservas de golpe.
La suspensión de programas sociales también afectó indirectamente a estos sectores: menos dinero circulando, menos consumo, más incertidumbre.
La clase empresarial empezó a hablar de “desastre”, “saqueo”, “improvisación”.
Los empresarios, golpeados por impuestos, inseguridad y falta de apoyo, se sintieron usados y abandonados.
En ese caldo de cultivo apareció una propuesta política que prometía cortar de raíz con el modelo dominante.
La campaña de la derecha en 2037
En las elecciones de 2037, la derecha llegó con un candidato que encarnaba el enojo de quienes se sentían engañados: Ricardo Salinas Pliego.
Su campaña resonó con muchas de las estrategias discursivas que, en la realidad, se han visto en movimientos de ultraliberalismo económico en América Latina, como el caso de Javier Milei en Argentina, que capitalizó el enojo ante crisis económicas prolongadas y promesas incumplidas.
El discurso se centró en varios ejes:
“Basta de políticos parásitos.”
“El Estado no sabe hacer negocios, solo estorba.”
“Los programas sociales se usaron para comprar votos, pero no sacaron a nadie de la miseria.”
“La guerra se perdió porque el país estaba en manos de burócratas incapaces y corruptos.”
Prometía:
Abrir por completo la economía.
Privatizar empresas y servicios que aún estaban en manos públicas.
Reducir drásticamente impuestos y regulaciones para “liberar al emprendedor”.
Poner “mano dura” contra la corrupción, pero desde una lógica de castigo ejemplar, sin mucha paciencia para instituciones intermedias.
El tono era frontal, confrontativo, cargado de desprecio hacia la clase política tradicional.
Se reían en público de “los mismos de siempre”, los señalaba por nombre, los acusaba de haber vendido el país dos veces: la primera al perder control frente al narco, la segunda al aceptar la cesión de territorio.
El voto del enojo
La campaña logró catalizar un hartazgo transversal.
Apoyaron a la derecha:
Grandes empresarios, cansados de la incertidumbre y de un gobierno que, según ellos, “no entendía cómo se genera riqueza”.
Pequeños empresarios que habían perdido negocios durante la intervención y sentían que nadie los había defendido.
Profesionales jóvenes que se veían obligados a emigrar o a trabajar por sueldos bajos en un país que no ofrecía horizonte.
Para ellos, el discurso de “dinamitar” el modelo, recortar al Estado y apostar por la libertad económica sonaba atractivo frente a:
Un gobierno que había prometido justicia social y terminó suspendiendo programas para financiar una defensa fallida.
Una izquierda que hablaba de soberanía, pero terminó aceptando un acuerdo territorial doloroso.
Una clase política que parecía más preocupada por su supervivencia que por la reconstrucción del país.
El voto no fue solo ideológico.Fue un grito de rabia contra la guerra perdida.
Ricardo Salinas Pliego ganó con un margen amplio.
Su triunfo se interpretó como el colapso simbólico de la hegemonía del partido que había gobernado durante muchos años, y como el inicio de un experimento radical: un México que, tras perder territorio y credibilidad interna, apostaba por una terapia de shock económica.
Un país entre heridas y promesas
En esta línea ficticia de tiempo, la historia mexicana después de 2037 quedó marcada por tres cicatrices:
La intervención de 2035, que mostró la vulnerabilidad del Estado frente al crimen y la presión externa, inspirada en una larga tradición de intervenciones y asimetrías entre México y Estados Unidos.
La cesión de Baja California y Sonora, que reabrió fantasmas del siglo XIX y reescribió el mapa político del continente.
El giro electoral hacia una derecha empresarial, al estilo de otros experimentos de choque en América Latina, apoyada por un electorado cansado de promesas sociales incumplidas y crisis económicas recurrentes.
Share this post
